Vencer o Morir. Invasión, Reconquista y Defensa de Buenos Aires. (1806/1807)

“Por las calles que conducen a la Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones; sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza. Allí al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada (…) las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas (…) El jefe inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento (…) Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos (...) La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contendida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada (…) A las tres de la tarde del 12 de agosto de 1806 con sus banderas despegadas los británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor”. (Gibelli, 1972:34)

Cultura 20 de agosto de 2022 Estrella Mattia

La Reconquista de la ciudad de Buenos Aires se había logrado, luego de 46 días de ocupación. Desde el 27 de junio de 1806 había flameado la bandera inglesa en el mástil del fuerte. 

     Aquel día de fines de junio, un grupo de milicianos sin demasiada instrucción militar, criollos y españoles, munidos con escasas armas pudieron resistir muy poco a la invasión de la ciudad por parte de los experimentados soldados ingleses, que en número de 1600 habían desembarcado en la zona de Quilmes y habían emprendido la marcha hacia la ciudad sin dificultades. Frente a esta notoria desventaja, las autoridades españolas no tardaron en capitular. Los británicos consumaron así la conquista del puerto.

     Unos días antes, al conocer la noticia del próximo desembarco de la flota inglesa en la capital del Virreinato, el Virrey Rafael de Sobremonte publicó un bando convocando a los hombres aptos para utilizar las armas a incorporarse inmediatamente a los cuerpos de milicias. Designó a Santiago de Liniers, un marino y comerciante francés residente en Buenos Aires desde hacía más de 30 años, para que se hiciese cargo de la defensa, mientras él con su comitiva abandonó Buenos Aires. Partió rumbo a Córdoba, con los caudales de la Corona destinados a ser enviados a la metrópoli con el objetivo de impedir que ese dinero fuese secuestrado por los potenciales invasores. “La decisión no fue fruto de la improvisación (…) Una Junta de Guerra había dispuesto que en caso de invasión ésta sería la mejor manera de proteger los intereses del Virreinato (…) Pero, contrariamente a lo prometido por las autoridades españolas, ni se dispuso la retirada de las fuerzas existentes ni se resguardaron las Cajas del Virreinato; por el contrario, los depósitos militares cayeron en manos de los ingleses y el tesoro real se perdió en Luján” (Goldman, 1998:33).

     La expedición inglesa a territorios coloniales españoles no fue una aventura pirata. Fue la ejecución de un plan postergado durante años. El proyecto pretendía apoyar los futuros procesos emancipatorios en las colonias españolas de tal forma que, lograda la independencia, las poblaciones criollas habilitaran la apertura de esos territorios para la libre comercialización de productos ingleses, convirtiéndose así en promisorios mercados de ultramar. Sin embargo, aunque no resultó difícil ocupar la plaza y saber que existían “uno o más ciudadanos criollos que hacían el ofrecimiento voluntario de su obediencia al gobierno británico” (Alexander Gillespie), los ingleses sabían que la mayoría de la población estaba disconforme con su presencia y que la resistencia no tardaría en organizarse. 

     Así fue. El español Martín de Alzaga y el criollo Juan Martín de Pueyrredón en Buenos Aires y el francés Santiago de Liniers junto al gobernador español Pascual Ruiz Huidobro desde Montevideo, se convirtieron en los líderes de este proceso que concluyó, provisoriamente, aquel 12 de agosto con la expulsión de los invasores. 

     El mes de agosto de 1806, constituyó una bisagra en la historia de la región del Rio de la Plata porque, aunque estos acontecimientos se produjeron durante la etapa de la dominación colonial, provocaron la liberalización del régimen y se ingresó, sin retroceso, en el camino hacia la revolución de independencia. 

     Se puso en evidencia la situación de vulnerabilidad y desprotección en la que se encontraba la población que residía habitualmente en aquel espacio urbano. España, ocupada en sus campañas militares en Europa hacia bastante tiempo que había espaciado la asistencia a sus colonias en América y Buenos Aires no fue la excepción: el último contingente de fuerzas militares peninsulares había sido enviado en 1784. Esta situación se agravó luego del aniquilamiento de la armada a manos de los ingleses en la Batalla marítima de Trafalgar en 1805. 

     Además, en estas complicadas circunstancias se demostró la inoperancia de la dirigencia política española representada principalmente por la figura del Virrey, que no estuvo a la altura de las circunstancias para enfrentar la crisis que se presentó. Era un funcionario repudiado por los criollos y españoles de Buenos Aires debido a las decisiones que había tomado con relación al conflicto. En consecuencia, no resultó extraño que el 14 de agosto de 1806, sólo dos días después de la rendición, se celebrará un Cabildo Abierto (Asamblea extraordinaria convocada para resolver situaciones límite y urgentes). “En aquel cabildo abierto se dice que participaron noventa y seis personas. No eran pocas, Las crónicas aseguran que en la plaza la gente seguía con atención los hechos. Dos decisiones se tomaron en esa jornada: quitarle el poder militar al virrey Sobremonte, designar en su reemplazo de Liniers y convocar a la organización de las milicias populares porque una segunda invasión inglesa era inminente. Era necesario defender la ciudad”. (Alaniz, 2019: 14).  

     Los temores no eran infundados. Entre los meses de diciembre de 1806 y enero de 1807 la flota auxiliar inglesa que se había replegado hacia la costa de la Banda Oriental atacó primero la ciudad de Maldonado y luego desembarcó y ocupó Montevideo, donde se había refugiado el virrey que no se opuso a la nueva invasión. Sobremonte no estaba de acuerdo con un ataque ofensivo, sino que pretendía organizar un plan defensivo. Mientras tanto, habían partido refuerzos desde Inglaterra: más de 100 barcos navegaban rumbo al Río de la Plata con soldados, armas y mercancías para vender. 

     Mientras tanto, en Buenos Aires, Liniers había convocado a formar batallones que se identificarían por el lugar de nacimiento de sus componentes. “Surgieron, así, en una ciudad que apenas sobrepasaba los cuarenta mil habitantes, escuadrones de criollos que sumaban alrededor de cinco mil hombres -Húsares, Patricios, Granaderos, Arribeños, Indios, Pardos y Morenos- y de peninsulares que alcanzaron a sumar tres mil milicianos. Los batallones de peninsulares tomaron el nombre del lugar de origen de sus miembros: Andaluces, Asturianos, Catalanes, Vizcaínos y Gallegos (…) cabe estacar que estas fuerzas, eran locales tanto por su reclutamiento como por su financiamiento, ya que era el cabildo de la capital el encargado de solventar gran parte de los gastos y subsistencia de las tropas con sus rentas (…)”. (Ternavasio, 2009:32). 

     La otra novedad en esta organización militar fue la elección de los jefes de los regimientos: la elección de los oficiales la realizaban los propios milicianos y esta característica “ofreció una oportunidad de progreso a hombres que, sin fortuna y sin formación militar, gozaban de prestigio entre los milicianos (…) La creación de las milicias, con su reclutamiento voluntario y la elección de la oficialidad de la tropa, modificó el equilibrio de poder en Buenos Aires” (Goldman, 1998:35).

     Cuando llegó a Buenos Aires la noticia de la caída de Montevideo, el deterioro de la imagen pública de Sobremonte se profundizó como consecuencia de la inoperancia para enfrentar la nueva invasión de las fuerzas inglesas. En estas circunstancias, se convocó nuevamente a un Cabildo Abierto para resolver la situación. Se debatió la posibilidad de la destitución definitiva del virrey, su arresto y decidir, finalmente, en quien recaería el ejercicio del poder político en el Virreinato. “El 10 de febrero una pueblada reunida frente al cabildo de Buenos Aires exigió la deposición del virrey. En consecuencia, Liniers convoca a una Junta de Guerra que resuelve destituir al virrey y entregar a la Audiencia el gobierno civil del Virreinato y al jefe de la Reconquista el mando militar” (Goldman, 1998:34). Quedaron así confirmadas las palabras escritas por el funcionario español destituido en un informe que había enviado a la Corte de España. En esas páginas había afirmado que en el Río de la Plata ya no existe “más voluntad que la del pueblo armado”. 

     Las flotas inglesas estaban concentradas en Montevideo y colonia. En la segunda quincena del mes de junio de 1807 pusieron rumbo a la Ensenada de Barragán con el objetivo de desembarcar allí y reintentar dominar el territorio costero y anexar la ciudad de Buenos Aires. 

     Liniers, los oficiales de los Regimientos y la población en general estaban convencidos que la capitulación de junio de 1806 no podía repetirse otra vez en 1807. Así, apremiados por las circunstancias, pero comprometidos con la decisión política de resolver favorablemente la situación excepcional que se atravesaba en la capital virreinal, la Defensa de la ciudad se puso en marcha. Eran los primeros días de julio. “La resistencia fue el resultado de la espontanea intervención en la lucha de todos los habitantes, sin distinción de clases, edades, ni sexos (…) Eludiendo el combate franco en las calles, los porteños se atrincheraron en las casas y las azoteas y descargaron sorpresivamente sobre las columnas inglesas una mortífera lluvia de balas, a la que se suman granadas de mano, frascos de fuego y hasta armas plebeyas de piedras y ladrillos. El resultado de esa táctica fue desbastador. Regimientos enteros fueron diezmados por las terribles descargas, hechas prácticamente a quemarropa, y las calles quedaron cubiertas de soldados ingleses muertos o heridos. Toda la ciudad se convirtió en un infernal campo de batalla”. (Gibelli, 1972: 69)

     Finalmente, los británicos terminaron derrotados. Los jefes ingleses reconocieron la derrota y firmaron la capitulación. Buenos Aires y Montevideo debían ser abandonadas por las fuerzas británicas. Los primeros días de septiembre la flota inglesa partió rumbo a Inglaterra. Atrás quedó la ambición por la conquista que no llegó a concretarse.     

     Las denominadas invasiones inglesas constituyen una historia mínima, uno de los últimos episodios relevantes del período colonial. Sin embargo, es un acontecimiento que merece ser recuperado del tiempo de larga duración en el que se desarrolló la dominación imperial española. Resulta relevante recortar ese momento que duró apenas poco más de un año porque lo sucedido impactó de manera directa en el proceso revolucionario que se inició en 1810. 

     La convocatoria a los Cabildos Abiertos, la posibilidad de los residentes de decidir sobre la gobernanza de la ciudad y la formación de milicias urbanas legitimadas por las fuerzas populares fueron acciones disruptivas que se produjeron en un tiempo en el que, por lo menos, formalmente, no bebieron haber sucedido porque la ciudad de Buenos Aires era nada más ni nada menos que la capital del Virreinato del Río de la Plata y formaba parte, en consecuencia, del territorio del imperio español en América. Pero los hechos ocurrieron y dieron cuenta de las deficiencias de ese poder imperial que permitió que, progresivamente, numerosos grupos se empoderaran y se transformasen de súbditos en ciudadanos. El orden colonial tenía los días contados, aunque muchos aún no lo sabían con certeza. 

     Han transcurrido 216 años desde aquellas victorias. Vayan estas páginas como reconocimiento a quienes construyeron esta historia. No se busca el homenaje o el ingreso al panteón sagrado de los héroes nacionales para aquellos que participaron de los hechos reconstruidos, se busca algo más importante. Se intenta recuperar esos otros que han permanecido ocultos y anónimos entre los pliegues de la historia. En definitiva, se busca a través de la escritura, calmar a los muertos que todavía se aparecen. De eso se trata la historia: de hacer hablar a esos cuerpos que han callado durante tantos años y transcribirlos en el presente para que se conozcan y se recuerden. 

Referencias bibliográficas

Alaniz, Rogelio (2019). El Cabildo Abierto del 14 de agosto de 1806. Historia Hoy. Buenos Aires.

De Certeau Michel (1993). La escritura de la historia. Universidad Iberoamericana. México.  

Gibelli, Nicolás (1972). Crónica Histórica Argentina. Tomo I. Editorial Codex. Buenos Aires.

Gillespie, Alexander (1987). Buenos Aires y el interior. Editorial Hyspamérica. Buenos Aires.

Goldman, Noemí (1998). Nueva Historia Argentina. Tomo III. Revolución, República, Confederación. Editorial Sudamericana. Buenos Aires.  

Ternavasio, Marcela (2009). Historia de la Argentina. (1896.1852). Editorial Siglo XXI. Buenos Aires.

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